Cada vez que me preguntan de donde soy, contesto orgulloso: de Magangué (Bolívar). Quedan atónitos a mi respuesta y los sumerge una ola de nuevas inquietudes que se desprenden de la duda original; con vergüenza sentida hubiesen preferido no indagar. Yo, con encogimiento comienzo a dar contestación a cada una de ellas.

Acuciosa ciudad noble y procera copiada en los cristales de tu río… Así entona una de las estrofas de su himno. Magangué es una pequeña ciudad del departamento de Bolívar a orillas del Río Magdalena en medio de la depresión Momposina poblada de gente noble, alegre y trabajadora. Habitantes llenos de fervor guardándole respeto y admiración a la patrona del pueblo: “La virgen morena”; así es como llaman a la virgen de la Candelaria que por tiempos memorables ha sido compañía y amparo para los Magangueleños desde su trono a las orillas del río.
El dos de febrero es un día de júbilo en donde cada año la gente se conglomera en la catedral para recorrer las calles de la ciudad entonando a una sola voz un grito de gloria. Es el día de la negrita (como cariñosamente le llaman a la virgen). Son los actos de fe y pasión sentida los que hacen de esta fiesta una experiencia única para propios y visitantes.
A dos horas de Sincelejo (Sucre) después de pasar el bongo, en cercanía a los departamentos de Atlántico y Córdoba, es la ubicación de este municipio. Es por eso que Magangué cuenta con una riqueza cultural envidiable; donde los sonidos de las gaitas y los tambores pregonan por las calles que un día fueron testigos de la guerra de los mil días e inspiradoras de un mundo mágico naciente en la memoria de Gabo (Macondo).
Todo esto y más, hacen de Magangué una tierra sin igual en donde el calor de su gente forma un ambiente agradable que hechiza a aquellos que se aventuran a conocerla. De corazón abierto al mundo entero, feliz quien te conoce y quien te habita.
Si bien es cierto todo esto que les digo, también lo es que Magangue es un tierra que vive de la soledad de Macondo; soledad que describe muy bien Gabo cuando relata la historia de los Buendía y que es principio de toda soledad. En el olvido por sus dirigentes políticos que tras promesas llegan a gobernar cometiendo toda clase de barbaries, dejando las promesas en el aire; llevándoselas el viento como el humo.
El pueblo que aprendió el mal vicio de esperar; aguarda hasta el día en que el Señor en su divina providencia envíe a aquel que se preocupe por los problemas y necesidades de esta tierra; aquel que le retumben en sus oídos la estrofa del himno que reza: Este es el simbolismo de tu estirpe: trabajo, honestidad y fortaleza porque sólo quien te ama bien te sirve y busca su futuro en tu grandeza. O peor aún, no espera absolutamente nada y están inertes ante los agobios que ellos mismos pasan.
En estado de vigilia o no, el pueblo se calla. No son capaces de exigir las promesas que un día fueron hechas para obtener el poder, no se toman las calles gritando unísono sus derechos. No tienen carácter!
Pero miremos un poco el ambiente en el que se mueve toda esta masa para entender un poco el porque de esta actitud. El contexto es inhóspito y el futuro incierto para quien se atreve a alzar su voz en contra de la política impuesta; el temor de la clase dirigente a metodologías de cambio hacen que aquellos osados sean perseguidos y encerrados por rebelión o en el peor de los casos terminan como Galán. Por esto hay la concepción de: Medir las palabras o cerrar la boca; es mejor callado que estar bajo tierra.
Es hora de llenarnos de valor y todos salir, como el dos de febrero, pero con un objetivo diferente. A tomarse el poder con convicción para colocar orden. Que no sea Magangué una tierra olvidada y desconocida y que solo esta viva en las memorias de aquellos paridos por ella. Hagasmo que sea una tierra reconocida y no tengamos que dar respuestas a serie de cuestionamientos .
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